ERDOGAN CONTRA NETANYAHU: ¿ TURQUIA QUIERE SER EL NUEVO IRÁN?

Erdoğan contra Netanyahu: ¿Turquía quiere ser el nuevo Irán? – Rubén Kaplan


Turquía acaba de dar un nuevo paso en su ofensiva contra Israel. El ministro de Justicia turco, Akın Gürlek, anunció que Ankara solicitó al Ministerio del Interior gestionar ante Interpol la emisión de una Red Notice —alerta roja— contra el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y contra el funcionario israelí Afek Moskovitch.

Por Rubén Kaplan

La solicitud se basa en órdenes de detención emitidas por un tribunal de Estambul el 14 de julio, dentro de un proceso iniciado en Turquía por la intercepción de la flotilla Global Sumud en aguas internacionales. La Justicia turca acusa a los involucrados, entre otros cargos, de genocidio, crímenes contra la humanidad, tortura y privación agravada de la libertad.

Conviene aclarar que una Red Notice de Interpol no equivale por sí misma a una orden internacional de arresto ni obliga automáticamente a los países miembros a detener a la persona buscada. Se trata de una solicitud para localizarla y, de acuerdo con las leyes de cada país, proceder eventualmente a una detención provisional con miras a un proceso de extradición.

Pero el episodio tiene una importancia política que excede ampliamente su dimensión jurídica.

Porque mientras Recep Tayyip Erdoğan intenta colocar a Netanyahu en el banquillo internacional, Turquía está ampliando su influencia militar y política en Siria, mantiene un largo historial de enfrentamiento con los kurdos y continúa reprimiendo a opositores y periodistas dentro de sus propias fronteras.

No estamos, por lo tanto, ante un episodio aislado, sino ante la manifestación más reciente de una transformación de la política exterior turca que vengo señalando desde hace años.

El nuevo papel de Turquía

Durante décadas, Turquía fue considerada un puente entre Occidente y Oriente. Miembro de la OTAN desde 1952, aliada estratégica de Estados Unidos y durante muchos años uno de los pocos países musulmanes que mantenía relaciones particularmente estrechas con Israel, parecía destinada a desempeñar un papel moderador en Medio Oriente.

Ese escenario cambió progresivamente con Erdoğan.

El presidente turco convirtió a su país en una potencia regional cada vez más autónoma, con una política exterior que combina nacionalismo, islamismo, poder militar y una creciente voluntad de proyectar influencia más allá de sus fronteras.

La hostilidad hacia Israel se convirtió en uno de sus instrumentos más visibles.

Erdoğan no se limita a criticar determinadas decisiones de un gobierno israelí. Ha convertido la causa palestina en uno de los pilares de su política regional y ha establecido una relación particularmente estrecha con Hamas, cuya dirigencia ha encontrado durante años en Turquía un espacio de protección y actividad política.

Por eso el pedido de una alerta roja contra Netanyahu no debería analizarse separado de lo que Turquía está haciendo en su propio vecindario.

El otro frente: Siria

La caída del régimen de Bashar al-Assad modificó profundamente el equilibrio de poder en Siria.

Durante años, Irán había construido allí una extraordinaria infraestructura de influencia, apoyando al régimen de Assad y utilizando territorio sirio como corredor estratégico hacia Hezbollah y el Líbano.

La desaparición de Assad abrió un enorme vacío.

Y Turquía se apresuró a ocupar parte de ese espacio.

Ankara respalda al nuevo gobierno sirio encabezado por Ahmed al-Sharaa y ha desarrollado una estrecha cooperación militar con Damasco. Turquía participa en el entrenamiento y fortalecimiento de las nuevas fuerzas sirias y busca consolidar allí una influencia política y estratégica de largo alcance.

La cuestión dejó de ser una especulación cuando el 18 de agosto Israel atacó la base aérea siria de Abu al-Duhur, en el noroeste del país.

Israel sostuvo que la instalación podría convertirse en un punto de despliegue de fuerzas turcas. Turquía negó que existiera allí un despliegue militar turco y Damasco aseguró que no había planes para establecer una base turca permanente.

Pero el episodio revela hasta qué punto la presencia y las ambiciones turcas en Siria se han convertido en una preocupación estratégica para Israel.

Ankara condenó duramente el ataque y acusó a Israel de violar la soberanía siria.

Dos días después, Turquía solicitaba una alerta roja contra Netanyahu.

La coincidencia temporal resulta demasiado significativa para ignorarla.

Turquía y los kurdos: el gran punto ciego

Existe además una contradicción que rara vez aparece con suficiente fuerza cuando Erdoğan se presenta ante Occidente como defensor de los pueblos sometidos.

Los kurdos conocen desde hace décadas la otra cara del poder turco.

El conflicto entre Ankara y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) dejó decenas de miles de muertos desde la década de 1980. Turquía ha considerado al PKK una organización terrorista y durante años llevó adelante una intensa campaña militar y política contra sus integrantes y contra organizaciones y dirigentes vinculados al movimiento kurdo.

También intervino militarmente en Siria contra fuerzas kurdas que Ankara considera relacionadas con el PKK.

Es cierto que en 2025 y 2026 se produjo un cambio trascendente. El PKK anunció su disolución y Turquía acaba de aprobar una legislación que contempla beneficios condicionados al proceso de desarme. Erdoğan firmó la ley el 18 de agosto.

Ese proceso merece ser reconocido.

Pero no borra décadas de enfrentamiento, ni la represión política sufrida por sectores de la población kurda, ni las operaciones militares turcas en Siria e Irak.

Y sobre todo no modifica un hecho esencial: Erdoğan pretende proyectarse como defensor internacional de los pueblos oprimidos mientras Turquía ha mantenido durante décadas un conflicto extremadamente duro con su propia minoría kurda.

La Turquía de los opositores encarcelados

La contradicción tampoco termina en los kurdos.

Dentro de Turquía, la democracia ha sufrido un progresivo deterioro bajo Erdoğan.

El caso de Ekrem İmamoğlu es paradigmático. El alcalde de Estambul y principal rival político de Erdoğan permanece detenido y sometido a un proceso judicial que sus partidarios y organizaciones de derechos humanos consideran políticamente motivado.

La presión alcanza también a periodistas.

Turquía llegó a ser el país que más periodistas encarcelaba en el mundo en 2012, 2013, 2016, 2017 y 2018. Aunque las cifras actuales son menores, la persecución no desapareció: en julio de este año, el Comité para la Protección de los Periodistas denunció la detención o arresto de casi una docena de periodistas en apenas dos semanas, en vísperas de la cumbre de la OTAN en Ankara.

El mismo gobierno cuya pretensión es que la maquinaria internacional persiga al primer ministro israelí tiene una larga lista de opositores, periodistas y críticos que han sufrido detenciones, procesos y restricciones dentro de Turquía.

Esto no significa que Israel o Netanyahu estén por encima de la ley ni que cualquier acusación contra ellos deba ser descartada por provenir de Ankara.

Representa algo mucho más elemental: la autoridad moral de quien pretende erigirse en juez internacional también debe ser examinada.

Del aliado de Israel al adversario

Resulta particularmente llamativo recordar que Turquía e Israel no siempre estuvieron enfrentados.

Durante décadas existieron importantes vínculos militares, económicos y estratégicos entre ambos países. Turquía fue uno de los primeros países de mayoría musulmana en reconocer a Israel y llegó a desarrollar una estrecha cooperación militar con Jerusalén.

Erdoğan modificó radicalmente esa relación.

La transformación no fue repentina. Fue gradual y coincidió con la creciente islamización de la política turca.

Por eso, cuando hoy Ankara reclama el arresto internacional de Netanyahu, no estamos ante una decisión surgida de la nada.

Es el resultado de una trayectoria. Un historial que he señalado en distintos artículos durante años, mucho antes de que la actual confrontación entre Turquía e Israel alcanzara esta dimensión.

¿El nuevo Irán?

Aquí aparece la cuestión central.

¿Puede Turquía convertirse en el nuevo Irán de Medio Oriente?

No son países idénticos.

Irán construyó su influencia regional mediante una extensa red de milicias y organizaciones aliadas: Hezbollah, las milicias chiitas iraquíes, los hutíes y otros grupos vinculados a Teherán.

Turquía dispone de instrumentos diferentes.

Tiene uno de los ejércitos más poderosos de la región, pertenece a la OTAN, posee una importante industria militar y puede proyectar directamente su poder mediante fuerzas convencionales, además de utilizar la diplomacia, el comercio, la reconstrucción, los vínculos religiosos y políticos y su influencia sobre movimientos islamistas.

La Siria posterior a Assad ofrece a Erdoğan una oportunidad extraordinaria.

El territorio que durante años constituyó una de las principales plataformas de influencia iraní puede transformarse ahora en una zona de predominio turco.

Y eso explica también la creciente tensión entre Ankara y Jerusalén.

Israel no solamente observa las declaraciones de Erdoğan.

Escudriña quién está entrando en Siria, qué fuerzas se están entrenando, qué infraestructura militar se está reconstruyendo y el poder que puede consolidarse en su frontera norte.

Una ambición que viene de lejos

Erdoğan no parece conformarse con que Turquía sea una potencia importante.

Su política exterior ha buscado recuperar una esfera de influencia sobre territorios que alguna vez pertenecieron al Imperio otomano, desde Siria hasta Irak y el Cáucaso, al mismo tiempo que intenta convertirse en referente del mundo musulmán.

La cuestión palestina le proporciona una plataforma particularmente eficaz para ese proyecto.

Presentándose como uno de los principales defensores de los palestinos, Erdoğan obtiene una legitimidad popular en amplios sectores del mundo musulmán que difícilmente podría conseguir hablando exclusivamente de los intereses nacionales turcos.

Pero detrás del discurso existe una política de poder.

Turquía interviene en Siria. Combate a fuerzas kurdas. Apoya a los nuevos dirigentes sirios. Mantiene estrechos vínculos con Hamas. Desarrolla su industria militar. Busca ampliar su influencia regional.

Y ahora intenta llevar a Netanyahu ante una instancia internacional.

Todo forma parte de un mismo cuadro.

La paradoja de Netanyahu

La persecución de Netanyahu puede ser presentada por Ankara como una cuestión de justicia internacional.

Pero el contexto obliga a observar algo más.

Mientras Turquía reclama una alerta roja contra el primer ministro israelí, Israel acaba de bombardear una instalación siria vinculada, según las acusaciones israelíes, con la creciente presencia turca en Siria.

Mientras Erdoğan denuncia supuestas violaciones del derecho internacional cometidas por Israel, dentro de Turquía continúan las denuncias sobre persecución de opositores y periodistas.

A la par que se presenta como defensor de los pueblos sometidos, Turquía carga con una larga historia de conflicto con los kurdos.

Y mientras pretende ocupar el centro de la política de Medio Oriente, aprovecha el vacío dejado por la caída de Assad para ampliar su influencia en Siria.

No se trata de defender a Netanyahu de cualquier crítica, sino de mirar el tablero completo.

Porque el núcleo no es solamente Erdoğan contra Netanyahu.

Es Erdoğan y el proyecto de poder que está construyendo para Turquía.

Quizás Turquía todavía no sea el nuevo Irán.

Pero cada vez resulta más difícil ignorar que Erdoğan aspira a ocupar buena parte del espacio de poder que Teherán pareciera estar dejando vacante.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor



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