THE GUARDIAN PERÍÓDICO DEL ANTISEMITISMO

The Guardian  Periódico del  antisemitismo

Ruben Kaplan 

Owen Jones no es un agitador marginal ni un provocador confinado a los rincones de internet. Es un columnista británico de amplia visibilidad pública, figura habitual de la izquierda activista europea y colaborador de The Guardian, uno de los periódicos más influyentes del Reino Unido, identificado históricamente con posiciones progresistas y con fuerte proyección internacional.

Ese dato importa. Cuando discursos impregnados de hostilidad obsesiva hacia Israel emergen desde espacios considerados respetables, el problema deja de ser una excentricidad individual y pasa a convertirse en un síntoma cultural. No hablamos ya del extremismo de los márgenes, sino de prejuicios que logran legitimidad en ámbitos centrales del debate público.

Jones se ha caracterizado en los últimos años por una postura persistentemente hostil hacia Israel. No se trata simplemente de cuestionar políticas gubernamentales —algo legítimo y necesario en toda democracia— sino de una narrativa donde el Estado judío aparece presentado de manera casi exclusiva como fuente singular del mal contemporáneo. Esa vara moral rara vez se aplica con igual intensidad a dictaduras sanguinarias, movimientos terroristas o regímenes que violan sistemáticamente los derechos humanos.

La reciente controversia lo expuso nuevamente. Jones difundió una acusación particularmente aberrante: la afirmación de que Israel habría utilizado perros entrenados para cometer violaciones contra prisioneros palestinos. Se trata de una imputación sensacionalista, carente de pruebas verificables y sostenida en relatos no corroborados. Su fuerza no reside en la evidencia, sino en el impacto emocional que provoca.

Aquí conviene detenerse. Este tipo de acusaciones no nacen en el vacío. Remite a una antigua tradición de libelos antisemitas que, durante siglos, retrataron a los judíos como seres monstruosos, crueles, sexualmente perversos y moralmente degenerados. Antes fueron los envenenadores de pozos, los asesinos rituales o los conspiradores universales. Hoy, para ciertos sectores ideologizados, esas fantasías se reciclan bajo lenguaje militante y estética de derechos humanos.

El antisemitismo contemporáneo rara vez se presenta con sus viejos símbolos. Aprendió a disfrazarse. Ya no habla necesariamente del “judío” como enemigo abstracto: desplaza ese odio hacia Israel, convertido en depositario de todas las culpas imaginables. Así, cualquier atrocidad parece creíble si el acusado es el Estado judío.

Existe una diferencia fundamental entre denunciar hechos reales y fabricar horrores sin sustento. Lo primero pertenece al debate democrático y a la defensa genuina de los derechos humanos. Lo segundo pertenece a la propaganda. Cuando se propagan acusaciones grotescas sin evidencia seria, no se informa: se intoxica.

Lo más preocupante, sin embargo, no es solo que figuras como Owen Jones difundan tales narrativas, sino que encuentren indulgencia en sectores que se consideran guardianes de la sensibilidad moral. Muchos reaccionan con razón frente a otras formas de odio, pero suspenden todo criterio cuando la difamación apunta a Israel. Lo que sería descartado como xenofobia respecto de cualquier otra nación, se tolera cuando el blanco es el Estado judío.

Que esto ocurra desde tribunas prestigiosas como The Guardian debería encender alarmas. No por el derecho de un columnista a expresar opiniones controvertidas, sino por la normalización de narrativas que reproducen patrones clásicos del antisemitismo bajo envoltorio moderno.

Los libelos del siglo XXI ya no necesitan panfletos clandestinos. Les bastan columnas respetables, redes sociales y audiencias predispuestas a creer cualquier infamia. Combatirlos exige claridad intelectual y valentía moral para llamar las cosas por su nombre: cuando la crítica a Israel degenera en demonización sistemática y mentira grotesca, deja de ser crítica política. Es antisemitismo.





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